Introducción
La paz suele definirse como la ausencia de guerra, pero esa definición resulta insuficiente. Para Fisas (1998), la paz es un proceso activo que exige justicia, respeto a los derechos humanos y la capacidad de transformar los conflictos sin recurrir a la violencia. Desde esta perspectiva, una sociedad no está en paz solamente porque no haya enfrentamientos armados: lo está cuando todas las personas que la habitan pueden vivir con dignidad y sin miedo a ser agredidas por lo que son, piensan o creen.
Costa Rica, país que se reconoce por haber abolido su ejército y por su tradición pacifista, enfrenta hoy un desafío menos visible pero igualmente corrosivo: la normalización de la discriminación y de los discursos de odio, tanto en redes sociales como en espacios cotidianos. Los estudios del Observatorio de Discursos de Odio y Discriminación de la Universidad de Costa Rica (UCR) y de la ONU en el país muestran un crecimiento sostenido del fenómeno, que ya se refleja en la convivencia de los centros educativos.
En este artículo me propongo analizar cómo la discriminación y los discursos de odio afectan la convivencia pacífica en la sociedad costarricense y llegan a las aulas, examinar los desafíos para construir una cultura de paz y proponer soluciones viables desde la educación, la institucionalidad y la ciudadanía.
Paz, violencia y cultura de paz en el nuevo milenio
Galtung (1969) distinguió entre la violencia directa, que se manifiesta en agresiones físicas o verbales, y la violencia estructural, que se esconde en desigualdades sociales que limitan las oportunidades de ciertos grupos. Más tarde se añadió la violencia cultural: las ideas, los símbolos y los discursos que legitiman las otras dos. Los discursos de odio pertenecen a esta última categoría, pues no siempre agreden de forma inmediata, pero preparan el terreno para que la exclusión y la agresión parezcan normales.
En 1999, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó la Declaración y Programa de Acción sobre una Cultura de Paz, que la entiende como un conjunto de valores, actitudes y comportamientos basados en el respeto a la vida, la no violencia, el diálogo y la cooperación (Asamblea General de las Naciones Unidas, 1999). Dos décadas después, la ONU presentó su Estrategia y Plan de Acción para la lucha contra el discurso de odio (Naciones Unidas, 2019), reconociendo que las plataformas digitales amplifican estos mensajes a una velocidad y escala sin precedentes. En el nuevo milenio, entonces, construir paz implica también cuidar el espacio digital, donde hoy se forman buena parte de las opiniones, los prejuicios y las identidades de la juventud; ya no se trata solo de observar los comportamientos personalmente, sino también digitalmente. Se ha transformado en un doble esfuerzo para las personas que buscamos la paz.
Costa Rica: cuando el odio se vuelve cotidiano
Los datos nacionales son contundentes. En 2021, el primer estudio detectó cerca de 548 mil mensajes de odio y discriminación en redes sociales costarricenses; un año después la cifra llegó a más de 937 mil, con un aumento del 71 % (Noticias ONU, 2022). En el tercer informe se superó el millón cuatrocientos mil mensajes, con un incremento del 50 %, y el racismo fue el tipo de discurso que más creció, con un 181 % (Chacón, 2023). El estudio más reciente reportó cerca de 1,7 millones de mensajes y una duplicación de los discursos racistas en un solo año (AFP, 2024), en una población de apenas 5 millones de personas. Los grupos más afectados han sido las mujeres, las personas migrantes y refugiadas, la población afrodescendiente y la población LGBTIQ+.
El Observatorio entiende el discurso de odio como “la difamación de un grupo social identificable” (Sánchez, 2022, párr. 9), y sus efectos se ven con claridad en el caso de las mujeres periodistas y políticas. El Observatorio documentó que los ataques hacia ellas se construyen con frases despectivas sobre su apariencia o su capacidad intelectual, y advirtió que la amenaza digital forma parte de un continuo de violencia contra las mujeres que no se queda en lo virtual (Sánchez, 2022). En la misma línea, la coordinadora residente de la ONU en el país advirtió que no se debe permitir que estas expresiones se normalicen en el discurso público (Chacón, 2023).
“No comienzan en redes sociales, tampoco terminan en ellas”.
Chacón (2023, párr. 15)
Son, más bien, la incentivación de formas de violencia que trascienden lo real. Por eso resulta ingenuo pensar que lo que se escribe en una publicación no tiene consecuencias en la calle, en el barrio o en el colegio.
Del ciberespacio al aula
Las aulas son un espejo de la sociedad que las rodea. Un estudiantado que crece viendo cómo se insulta, se burla y se discrimina a quienes son diferentes reproduce esas conductas con los demás. El Observatorio de la Educación de la Universidad Americana advirtió, de hecho, sobre el “traslado de la violencia social hacia los centros de enseñanza” (elmundo.cr, 2025, párr. 1). Las cifras del Ministerio de Educación Pública (MEP) lo confirman: los casos de bullying atendidos formalmente tuvieron un aumento cercano al 97 % (Barquero, 2026). Entre 2022 y 2025 se registraron cerca de 2.938 reportes de acoso y otras formas de violencia, con un promedio de siete denuncias diarias, y cerca del 44 % del estudiantado afirma haber sido víctima de acoso escolar (elmundo.cr, 2025). A ello se suma que las mediciones internacionales, como PISA, ubican al país entre los de mayor prevalencia de acoso escolar (McAdam, 2025). Es solo el principio de una era de ciberacoso, donde el gobierno y las instituciones correspondientes no han logrado manejarlo.
El acoso por razones de identidad es la forma en que el discurso de odio se manifiesta en el centro educativo: burlas por el origen, el color de piel, la orientación sexual, la discapacidad o la condición socioeconómica. Puede surgir por un aspecto físico, por objetos, por un celular, un cuaderno o el bulto. Además, se trata de una violencia que viaja: comienza en un grupo de mensajería o en una red social y continúa en el pasillo, sin que la víctima encuentre un espacio seguro. Un reporte periodístico señaló incluso que el MEP eliminó el protocolo de atención del acoso escolar contra la población LGBTIQ+, lo que generó preocupación entre familias y sectores educativos (McAdam, 2025). Más allá de la discusión institucional, el hecho deja ver un reto crucial: si la escuela no nombra ni protege a las poblaciones más vulnerables, la discriminación queda sin respuesta. Desde este ángulo se observa cómo la educación va en degrado; en lugar de ser una herramienta útil, se puede convertir en un sistema más sin valor.
Esfuerzos y soluciones posibles
Existen experiencias que muestran que el cambio es posible. A nivel internacional, la ONU declaró el 18 de junio como Día Internacional contra los Discursos de Odio, y su estrategia insta a los Estados, las empresas tecnológicas y la sociedad civil a trabajar de forma coordinada (Naciones Unidas, 2019). A nivel nacional, el Observatorio de la UCR forma parte del Plan Costa Rica contra los discursos de odio y la discriminación, y en 2022 se presentó, junto con el Colegio de Abogados y Abogadas, la primera guía jurídica para prevenir y erradicar estos discursos (Noticias ONU, 2022). En el ámbito escolar, programas como KiVa, de origen finlandés, combinan prevención, capacitación docente y trabajo con las personas espectadoras, y han mostrado reducciones significativas del acoso y del ciberacoso (Barquero, 2026). Como se afirma en el mismo texto: “Identificar el bullying es un paso necesario, pero no suficiente” (Barquero, 2026, párr. 14).
- Educación para la paz y para los derechos humanos. Integrar de manera transversal el diálogo, la empatía y la resolución pacífica de conflictos, no como una lección aislada, sino como una forma de convivir en el centro educativo (Fisas, 1998).
- Alfabetización mediática y digital. Enseñar a identificar discursos de odio, desinformación y estereotipos, y a reaccionar de forma crítica y responsable ante ellos.
- Protocolos claros e inclusivos. Garantizar rutas de atención que protejan a todo el estudiantado, con personal capacitado y seguimiento hasta comprobar que la agresión cesó.
- Corresponsabilidad. Involucrar a las familias, los medios de comunicación, las empresas de redes sociales y las instituciones públicas, porque ningún actor puede resolver solo un problema que es colectivo.
Conclusión
La evidencia muestra que la discriminación y los discursos de odio crecen en Costa Rica y que no se quedan en las pantallas: se filtran en las calles, en los hogares y en las aulas. Se trata de problemas interconectados. El odio digital alimenta la violencia cultural; esta legitima la exclusión estructural; y ambas se expresan, finalmente, en el acoso entre estudiantes. Por eso las respuestas parciales no bastan: se requieren soluciones integrales que combinen educación, legislación, regulación de las plataformas y compromiso ciudadano.
Como futura profesional, considero que la construcción de la paz comienza en lo pequeño: en no reírse del chiste discriminatorio, en intervenir cuando alguien es excluido, en elegir un lenguaje que dignifique. Desde mi ejercicio profesional puedo aportar promoviendo ambientes respetuosos, formándome en resolución de conflictos y educando con el ejemplo. Una cultura de paz no se decreta: se practica todos los días, a nivel local y global, y las aulas costarricenses son el mejor lugar para empezar.